Política | 18:07
Marketing oficial
La apuesta de Morón por descuentos para adolescentes llega cuando Ghi no logra recomponer los ingresos comunales
La propuesta se apoya en acuerdos con negocios privados, mientras crecen los cuestionamientos sobre las prioridades de la administración municipal.
El keynesianismo llegó a Morón. O, mejor dicho, el libreto berreta de un intendente que cree que repartir tarjetitas con su cara va a tapar el agujero negro que dejó su gestión. Mientras los empleados municipales miran el recibo de sueldo y no saben si llegan a comprar un café con leche, Lucas Ghi se disfraza de John Maynard Keynes y anuncia un programa que suena a solución pero tiene olor a parche de feria.
Los trabajadores, ahogados por créditos que sacaron para llegar a fin de mes, y que muchas veces ni eso, ven cómo su salario se derrite ante una inflación que no perdona, mientras el jefe comunal reparte promesas de descuentos del 10 al 30 por ciento en peluquerías, gimnasios y locales de ropa. ¿El problema? Que esos descuentos no los financia el municipio, sino el comerciante de turno, que ya está fundido y ahora encima tiene que bancarse la “generosidad” del Estado.
El concejal Ariel Aguilera, del bloque Todo por Argentina, lo dijo sin anestesia: esto no es nuevo, es la misma receta de siempre con envase renovado. El municipio ofrece publicidad a cambio de que los comercios pongan el lomo, pero nadie sabe si esos descuentos son reales, si duran más de una semana o si simplemente son humo de la cocina política. Lo que sí está claro es que Ghi, en lugar de cortar por lo sano y reducir la planta política, que está más inflada que un globo de cumpleaños, prefiere seguir inventando dispositivos que lo mantengan en el centro de la escena.
Porque si hay algo que le sobra a este intendente es capacidad para generar shows: la Tarjeta Joven es el nuevo espejito de colores, el mismo que usó cuando llenó la plaza central con conciertos mientras los vecinos no podían pagar la luz. Ahora, con un plástico que imprime el propio municipio y lleva su logo, pretende convencer a los pibes de que el consumo es la salida, cuando en realidad la única salida que está buscando es la suya propia, bien lejos del bochorno de sus números rojos.
La pregunta que nadie hace pero todos deberían formularse es bien terrenal: ¿quién garpa esta aventura financiera? Porque si el municipio no pone un peso, y no hay mención de aportes de Nación ni de Provincia, entonces los costos de impresión, sistemas, publicidad y personal los pagan los contribuyentes a través de tasas que ya aumentaron más que la inflación. Ghi se convierte en una suerte de agente financiero improvisado, manejando una tarjeta de la que no se conocen los plazos, los requisitos ni las consecuencias para los pibes de 16 y 17 años que puedan obtenerla sin el aval de sus viejos.
Porque acá el tema no es el descuento, es la deuda que viene después. Y cuando esos chicos se den cuenta de que gastaron a cuenta y que nadie les explicó cómo se paga, el problema va a explotar en las mesas familiares, donde los padres, quizás sin trabajo o con sueldos atrasados, van a tener que hacerse cargo de un fiambre que no pidieron. Eso no es política juvenil, es una bomba de tiempo con olor a nafta.
El dato de fondo es escalofriante y no admite titubeos: el Centro de Economía Política Argentina advierte que la situación crediticia actual es similar a la del 2001 y peor que en la pandemia. Más del 40 por ciento de los jóvenes de 18 a 24 años que tomaron un crédito tienen problemas para pagarlo, y ese porcentaje creció un 13,5 por ciento este año. Con ese escenario, Ghi decide estimular el consumo juvenil como si estuviéramos en la época de la posguerra, cuando Keynes escribió su teoría para salvar a los mercados de la Gran Depresión.
Pero claro, el intendente moronense se olvidó de un detalle no menor: las políticas de demanda agregada funcionan cuando el Estado tiene espalda financiera, no cuando está más endeudado que sus propios vecinos. Su apuesta es tan anacrónica como querer apagar un incendio con una jarra de agua y esperar que el fuego se convierta en hielo.
Lo que más irrita es que el programa ni siquiera pasó por el Concejo Deliberante, como si Ghi considerara que el debate democrático es un trámite molesto para sus ocurrencias. Los concejales se enteraron por el portal municipal, y lo único que saben es que el descuento lo absorbe el comercio, mientras el municipio pone una plataforma digital y una caravana de empleados para repartir plásticos. ¿Costo de impresión? Misterio. ¿Gasto en publicidad? Incógnita. ¿Cantidad de recursos municipales afectados? Misterio cósmico.
Pero los vecinos, esos sí, verán cómo sus tasas se ajustan mes a mes para financiar este invento que nadie pidió. Es el ciclo perverso de siempre: el Estado gasta mal, el ciudadano paga caro, y el intendente se saca una foto sonriente con una tarjeta que parece el carnet de un club de barrio.
Y mientras tanto, la realidad de Morón sigue su curso: empleados municipales con embargos, comercios cerrando y una desocupación que sube sin freno. Ghi, en cambio, prefiere la épica de los shows y los plásticos de colores antes que hacer lo que realmente corresponde: bajar impuestos, desarmar el mamotreto burocrático y darle aire a los que producen. La frase futbolera del “centro” que le tira a los comercios es, en el fondo, una confesión involuntaria de que no tiene idea de dónde está parado.
Porque cuando el partido se juega en la cancha de la economía real, el intendente está más perdido que un arquero sin guantes. Y mientras tanto, los vecinos, los pibes y los comerciantes tendrán que “pasar el invierno” como dijo Alsogaray, aunque el frío que se viene no lo va a arreglar ninguna tarjeta con el logo de la municipalidad.
