Política | Ayer
Emblemas
La celebración del 9 de Julio en Mar Chiquita dejó expuesta la distancia entre el discurso peronista y la imagen elegida por el oficialismo
La realización del acto frente a la Estatua de la Libertad generó cuestionamientos sobre el valor que hoy conservan las identidades políticas tradicionales.
Hay imágenes que valen más que cualquier discurso. El acto oficial del 9 de Julio, encabezado por el intendente Walter "Wini" Wischnivetzky, acompañado por el senador Jorge Paredi, frente a la histórica Estatua de la Libertad de General Pirán, dejó una postal que merece una reflexión política mucho más profunda que la simple conmemoración de una fecha patria.
La contradicción no está en el monumento. La histórica réplica de la Estatua de la Libertad forma parte del patrimonio de General Pirán y merece ser preservada. La inconsistencia aparece cuando quienes durante décadas construyeron su identidad política reivindicando el peronismo, la independencia económica, la soberanía nacional y la justicia social eligen como escenario principal un símbolo universalmente asociado al liberalismo republicano y al modelo estadounidense.
No se trata de discutir una estatua. Se trata de preguntarnos qué quedó de las convicciones.
¿Debía el acto oficial del Día de la Independencia realizarse frente a la Estatua de la Libertad de General Pirán?
Durante décadas, el peronismo construyó su identidad alrededor de tres banderas: la soberanía política, la independencia económica y la justicia social. Del otro lado, la Estatua de la Libertad se convirtió en uno de los grandes emblemas del liberalismo occidental, de la república moderna, del capitalismo y del llamado "sueño americano". Son tradiciones políticas diferentes, nacidas de procesos históricos distintos y con valores que, muchas veces, fueron presentados como contrapuestos. Dos símbolos distintos. Dos relatos diferentes.
Sin embargo, la política argentina parece haber entrado en una etapa en la que los símbolos ya no representan ideas, sino oportunidades. Ya no importa demasiado qué bandera se levanta, qué monumento aparece detrás de una fotografía o qué discurso se pronuncia. Lo importante parece ser otra cosa: conservar espacios de poder.
Tal vez allí esté la verdadera contradicción de nuestro tiempo.
La discusión ya no gira alrededor de modelos de país. Casi nadie debate seriamente cómo generar trabajo, cómo mejorar la educación, cómo recuperar la producción o cómo garantizar un futuro para los jóvenes. Las diferencias ideológicas parecen diluirse cuando aparecen los intereses económicos, el reparto de recursos o la disputa por los cargos.
En ese contexto, los símbolos pierden su contenido. La Estatua de la Libertad deja de representar una tradición política determinada y pasa a ser simplemente el escenario de un acto oficial. El peronismo deja de ser una doctrina para transformarse, muchas veces, en una estructura electoral. El liberalismo también corre el riesgo de convertirse en un eslogan vacío cuando olvida que la libertad no puede sostenerse sin instituciones fuertes y oportunidades reales.
Quizá la verdadera enseñanza de esa imagen del 9 de Julio no esté en la estatua ni en quienes posaron frente a ella.
Tal vez la fotografía nos recuerde que la política argentina atraviesa una crisis mucho más profunda que una discusión ideológica. Una crisis en la que los símbolos sobreviven, pero las convicciones parecen haberse ido.
Porque, cuando las ideas dejan de ser el motor de la política, el vacío suele llenarse con aquello que nunca falta: el dinero, los dólares y la búsqueda del poder.
Y, cuando eso ocurre, la independencia deja de ser una construcción colectiva para convertirse apenas en una palabra repetida una vez por año, mientras la sociedad sigue esperando respuestas concretas para sus problemas cotidianos.
Los pueblos no necesitan dirigentes que administren símbolos. Necesitan dirigentes que vuelvan a darles sentido a las ideas que esos símbolos alguna vez representaron.
